En un reino lejano en medio del mar el “Protector del Pueblo” necesitó Oro. ¿Quien no necesita Oro? El problema era (siempre hay un problema) que el “Protector” no tenía oro… ni tenía de donde sacarlo. ¡Un momento! El pueblo tenía Oro. Escondido como reliquias, tesoros llenos de polvo y sin sentido. ¿Para que quería Oro el pueblo? El pueblo no necesitaba Oro… el “Protector” si… para ayudar al pueblo. Esto planteaba otra cuestión: ¿cómo lograr que el pueblo entregara sus reliquias más preciadas? El “Protector decidió revivir un viejo fantasma, a su enemigo “Consumismo” que ahora actuaría según su antojo. Y lo hizo. De pronto un deseo irresistible se apoderó del pueblo. El deseo de dar sus reliquias de Oro y Plata a cambio de televisores, batidoras, ropa de brillantes colores y poca calidad, zapatos deportivos de corta vida…
Yo viví en el reino lejano en medio del mar. Y este episodio muchos lo recuerdan como “La Casa del Oro y la Plata”. Una iniciativa del gobierno cubano que llevó a muchos a entregar sus reliquias familiares de oro y plata más preciadas para acceder a unas tiendas especiales repletas de productos del mundo capitalista (que siempre se había dicho que no necesitabamos) en las que el dinero rendía muy poco.
Era un niño, casi un adolescente. Mi hermano y yo veíamos a nuestros compañeros de escuela mostrando sus nuevas prendas, que se nos antojaban espectaculares, y nos caía encima una pena inmensa que se escapaba por los ojos. Mis padres nos miraban los ojos… y se les encogía el corazón. Por eso llevaron sus anillos de compromiso, sus únicas reliquias, a la Casa del Oro y la Plata y los vendieron por unos pesos para poder llevarnos esas tiendas especiales y maravillosas. Éramos niños y mientras escogiamos apenas dos mudas de ropas saltando alegres entre montañas de “trapos” no entendíamos el sacrificio que habían tenido que hacer nuestro padres.
No entendíamos el sacrificio que habían hecho muchas personas al dar sus más preciados recuerdos por baratijas, por el derecho de acceder a lo que se le había negado por años… porque era malo.
Hoy, muchos años después, recordé este evento, recordé los dedos desnudos de mis padres, los recordé víctimas de la usura del “Protector”. Recordé a un pueblo entero que entregó sus recuerdos por ropones de dormir y piyamas con los que después salían a la calle como si fueran vestidos de noche… Y quise reir, pero hasta ahora la tristeza ha sido más fuerte.
Que usurero tan grande… el mayor de todos.
El “Protector del Pueblo” tuvo su Oro. El pueblo siguió su vida… con un poco menos. Con menos recuerdos, con menos historia. Con menos Oro, pero eso en realidad no era importante.